Esa maravillosa fase donde todo es intenso. Esa etapa donde despiertas de la inocencia para llevarte un golpe de realidad.
Ese momento donde te sientes dueño de tu vida pero a la vez, frágil.
Esa edad donde pasas de la felicidad al drama.
De las carcajadas a las lágrimas.
Del alcohol a la resaca.
De la euforia al enfado.
Y vuelves a resurgir porque tienes energía suficiente para sentir alegría.
La adolescencia es pura vida!
Yo siempre llegué tarde a todo.
Mi primer beso fue con 17 años. Más tarde de lo normal, pero me parecía que tenía que ser como fue.
Fue con un tío del que estaba pilladísima.
Aún recuerdo esos interminables morreos tirados en el césped del Parque Europa.
Estaba tan pillada que después de tres años me seguía llamando y yo iba como una idiota.
Un día decidí que quería perder la virginidad con él porque consideraba que era el amor de mi vida.
Tuve la osadía de subirlo a casa en un momento que no estaban mis padres.
Nos besamos una y otra vez, nos desnudamos , nos abrazamos, nos acariciamos ...
Y en eso que le suelto mi primer “te quiero”.
El cabrón se detiene y me suelta:
”Imaxino que dirás isto porque é producto do contexto”.
Me quedo flipada. Se me baja el calentón de golpe.
Me incorporo y voy a un cajón en busca de algo para taparme.
No se si lo hice con mala hostia o me coincidió pero para taparme me vestí con una camiseta del Celta.
Y le dije con esa chulería propia de la edad: “Venga , lárgate”.
me contesta: “Non facía falta que me despediras cunha camiseta do Celta”.
Teniendo en cuenta que él era un “Riazor Blues” no le podía haber jodido mejor!
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