Senderismo urbano. Era de noche. Se estaba bien, no había ni Dios, ni tampoco hacía frío.
Caminábamos tranquilos, hasta que apareció un gilipollas.
Mientras cruza la calle hacia nosotros, se pone la capucha y se sube el polar hasta taparse medio rostro. Deja al descubierto los ojos.
Nos aborda y aproxima una navaja a mi vientre, mientras nos exige que le demos todo lo que llevemos encima.
Mi amigo que es tan imprevisible como peculiar, lo separa de mí con un toque en el hombro, y lo increpa mientras se golpea su vientre, diciéndole:
“Clava aquí “
El gilipollas le mira desconcertado, y mi amigo insiste:
“Clava!”
El gilipollas parece estar bloqueado, mientras mi amigo insiste subiendo el tono, con ese parecido en su expresión a un personaje RUDO DE LOS DE Luis Zahera.
“Clava, clava, ...Clava!”.
Mi amigo estaba completamente pegado a él para facilitarle el trabajo, pero el gilipollas estaba sorprendentemente paralizado.
No sabemos si el gilipollas era novato en delincuencia, si entendió que mi amigo estaba
Peor de la olla que él, el caso es que no se quien asustó a quien, pero el tema es que quedó fuera de juego y se marchó.
Esta anécdota ocurrió hace algunos años, pero es de esas historias que hay que contar.
Memorable.
Y H., su protagonista, extraordinario.
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